LOS RIESGOS DE LA AUSENCIA DEL PADRE

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Por Cristian Conen

Profesor e investigador del Instituto de La Familia, Universidad de La Sabana

El Papa Francisco, en su viaje de regreso a Roma luego de su visita a Colombia, desatacó que un pueblo que a su paso por las calles del país le mostró a sus hijos como su mayor tesoro, es un pueblo que tiene futuro.

Lo anterior, siendo un fuerte factor para la esperanza, no debe desviar la atención sobre la necesidad de atender una de las realidades humanas más graves de Colombia, que lamentablemente no ha ocupado ningún lugar en los discursos de la reciente campaña electoral.

Según el World Familiy Map (2017), que mide anualmente el estado y las tendencias de la vida familiar en 45 países, el 11% de los menores colombianos viven sin su padre y su madre, y el 27% de ellos vive con uno solo de sus progenitores que en general es la madre. Estamos hablando de unos índices de ausencia de padre más altos del mundo, solo superado por algunos países de África.

Ricardo Chouhy, especialista argentino en terapias de restauración paterna, afirma en su artículo “Función paterna y familia monoparental: el costo de prescindir del padre”, que la figura paterna tiene un papel fundamental en la maduración de los hijos al enriquecer el vínculo inicialmente dual madre-hijo desde la diversidad sexuada personal del varón. Su contribución es clave para la adecuada consolidación de la identidad sexual y el proceso de emancipación psicológico.

Todo niño necesita un padre para poder desprenderse psicológicamente de su madre y para hallar una fuente de identificación masculina, imprescindible tanto para la niña como para el varón. Las consecuencias de la carencia paterna son tan graves como las consecuencias de la carencia materna.

Muchos trabajos de investigación sugieren que la identidad y función paterna tienen un rol crítico en instaurar la capacidad de controlar impulsos en general, y el impulso agresivo en particular, es decir, la capacidad de auto regular la conducta (Mischel 1961ª y 1961b; Biller 1974, 1976, 1982, 1993, 1994; Biller & Trotter 1994; Haapasalo & Tremblay 1994; Patterson & DeBaryshe 1989; Phares & Compas 1992; Herzog 1982; Snarey 1993; Lisak 1991; Lisak & Roth 1990).

Posiblemente el trabajo de investigación más extenso y metodológicamente más riguroso que corrobora la necesidad de la presencia adecuada del padre en la familia, es el que realizaron los sociólogos Sara Mc Lanahan (Universidad de Princeton) y Gary Sandefur (Universidad de Wisconsin) y cuyos resultados fueron publicados en el libro “Growing up with a single parent” en 1994.

El estudio se basó en un seguimiento de más de 70 000 adolescentes y adultos jóvenes de ambos sexos a lo largo de casi 20 años. Se estudiaron distintas variables. El riesgo de permanecer sin estudiar ni trabajar por períodos prolongados es un 50% más alto para jóvenes que crecieron sin su padre. El riesgo de interrumpir estudios secundarios es un 100% más alto. El riesgo de embarazo en la adolescencia es también un 100% más alto. El riesgo de problemas emocionales y de conducta es un 300% con ausencia de padre. El riesgo de violencia contra el niño es 60% más alto y de homicidio 100% más alto. El riesgo de delincuencia juvenil en el varón es 300% más alto y los riesgos de trastornos de la alimentación en la mujer es 100% más alto con ausencia de padre.

La ausencia paterna es entonces un riesgo para la salud mental del niño y para su proceso de transición personal que comienza en la adolescencia y termina en una adecuada inserción en la comunidad social.

Pero la paternidad no solo beneficia al hijo sino al padre. En palabras del profesor  colombiano Álvaro Sierra, “la paternidad humaniza la testosterona” motivando al varón vivir los valores humanos, desarrollar la inteligencia emocional y experimentar el gozo de la ternura desinteresada.

El gran desafío del siglo XXI es la ecología humana, es decir, el cuidado y protección del ambiente humano personal más adecuado para la educación y maduración de las nuevas generaciones de ciudadanos.

Urge la toma de conciencia de la necesidad del padre, que permita un cambio profundo en la educación familiar y formal, hoy orientada prioritariamente al desarrollo de la dimensión intelectual para el éxito laboral y económico. Lo anterior debe formar parte de una política de estado sobre la familia.

La familia es el hábitat ecológico personal compuesto de un padre y una madre y el hijo que en su realidad óptima supone su convivencia armónica. El bien superior del niño hace de la paternidad un derecho fundamental del hijo. Pero los derechos deben actuarse y esa actuación, en este caso, exige el deber de los adultos de superar la realidad antes presentada, de hijos huérfanos de padres vivos. En el respeto a este derecho radica una de las claves fundamentales de ecología humana, de la salud personal y de la paz social.

Fundación ICEF Guatemala1 Comment